Desde hace unas semanas que empecé una crisis existencial muy profunda. Con ella empezó a aparecerse en sueños, en imágenes, en recuerdos: mucha mierda, mucha oscuridad, muchas situaciones que tenía bloqueadas en mi inconsciente.
Todas las repercusiones de Thelma, y las historias que empezaron a visibilizarse me dieron aún más fuerza para poder mirar de lleno.
Estoy lejos de mi país pero la vibra llega, se siente. Hablo con mis amigas y hermanas, y están en la misma.
Como dicen en psicoanálisis, retornó lo reprimido. Volvieron muchas sensaciones. Algunas dolorosas, traumáticas. Muchísimas muy pequeñitas que suman, que juntas me fueron formateando en el miedo, en la parálisis, en el bloqueo.
Yo era una piba muy liberada por instinto. Hacía teatro, danza, comedia musical y la expresión no era un problema para mí. Hasta ese entonces, no tenía complejos con mi cuerpo ni mi aspecto físico. Hacía lo que sentía y ya.
Creo que la primera vez que me enfrenté con el poder de la sociedad, tenía 13 años. Era la primera vez que me daba un beso. Lo que sucedió, es que esa misma noche me di besos con dos chicos distintos, y con eso, la excusa para un martirio. No solamente de mis compañerxs de clase, sino de personas de todo el colegio.
Hace poco leí que ser llamada “puta”, es ser libre, liberada.
Cuál era el problema? Que era mujer principalmente, y que me permitía ser liberada. Todavía no tomaba alcohol y me vestía mi mamá.
Si hubiera sido varón me hubieran dicho “capo”, “ganador”, “galán”.
Pero no, empezó una tortura de sinónimos en cada parte de la escuela: me daba miedo quedarme sola. Gato, puta, trola, fácil.
Los noviecitos que tuve me eran infieles, me dejaban cuando querían, a sus formas. Nunca de frente, nunca teniendo en cuenta que yo también tenía sentimientos, que era una persona. Yo entregaba amor sin mesura, porque así era y así tuve que aprender.
Me empecé a manejar con sus mismos códigos, pero jamás me juzgaron con los mismos valores que a los hombres.
En las fiestitas del colegio católico Santa Inés y en las del San Isidro Club (SIC) me tocaron hasta el alma. Todas las partes de mi cuerpo. Con violencia, con agresividad, con perversidad. A veces me divertía porque mi autoestima era tan volátil que creía que eso era ser aprobada. A veces me angustiaba, me hacía sentir impotente.
Si te agarraban de varios, la cosa se ponía más complicada. Me dieron besos a la fuerza, me tocaron por dentro, por fuera.
Una vez en la matinée Non Stop: una bandita me tocó con tal violencia mis tetas que me rompió la remera que mi mamá me había comprado esa misma tarde.
Fue tal la vergüenza de volver en corpiño a mi casa que le dije que se había desilachado sola, que era mala la calidad de la remera.
Mi abuela con mucho amor, me la coció. Sanó esa herida en mí.
Fui juzgada una y otra vez. Por mujeres, por varones, por profesoras y profesores, directoras y directores.
Por mí misma. Y yo misma me comportaba de la misma forma con mi entorno. Era lo único que conocía: señalar y ser señalada.
La mierda era un círculo vicioso en el secundario. Sin denostar ni olvidar muchos recuerdos muy hermosos y de muchísima alegría.
Actué mal mil veces, pero nada justifica el modelo patriarcal que nos sometía a soportar todo eso. Porque unx se adapta a las pretenciones de la sociedad, y cuando la mayoría te dice que estás mal, te lo terminas creyendo.
Mi primera relación sexual fue sin mi consentimiento. Borracha. Sin preservativo. Quizás quería, quizás no. Nadie me lo preguntó, ni siquiera yo misma porque quedé paralizada ante el avance desmesurado del otro. Creía realmente que los hombres tenían poder sobre mí.
A los pocos días, ya lo sabía todo el curso, el colegio entero. Una vez más, la humillación era moneda corriente. Era parte de lo que me había acostumbrado a soportar.
No me interesa señalar a nadie, ni etiquetar, ni nombrar. Simplemente expresar mi experiencia. Compartirla. Denunciar un conjunto de situaciones y momentos que quedan, que permanecen, que nos hacen ser de una forma. Quizás a alguien le llega y le permite cambiar un poquito su perspectiva.
Después de ese hecho me cambié de colegio. Ya no me sentía cómoda ni segura en ese lugar.
El ambiente en el segundo secundario, fue muchísimo menos hostil. Pero la violencia estructural claramente estaba. Varios compañeros me llamaron puta alguna vez. Después quizás te decían que era un chiste, un juego. No comprendían (ni yo misma) el poder que ejercen las palabras.
Uno de ellos una vez me tocó el culo en el recreo. Se lo dije al preceptor y literalmente me contestó: “no jodas”. Por suerte, persistí ante la injusticia, y el director sí me escuchó y sancionó al compañero.
Otra vez me di besos con un chico con el que había conversado absolutamente toda la noche. Pero nada alcanzaba, porque a los días ya vino a alguien a contarme que este mismo chico había dicho que yo era “muy fácil”, “muy puta”.
Otro chico que estaba “enamorado” de mí, empezó a perseguirme y mirarme de una forma que me asustaba muchísimo. En una fiesta me gritó, me robó objetos personales y hasta revoleó mi cartera por todo el lugar. Me escribía textos horribles. Me daba pánico cruzármelo en algún lugar, y hasta podías notar su goce en mi paranoia. Su amor romántico se había transformado en odio, ira, resentimiento.
En el viaje de egresados, volví a ser tocada con violencia. La naturalización que había de parte de todxs respecto de esos hechos era lo que más me violentaba. Ahí sabía defenderme: tenía 18 años ya. Lo golpeé y claramente el entorno me miraba mal a mí.
Ni hablemos de las veces que me dijeron gorda o fea. Paradójicamente en el primer colegio, me llamaban con desprecio una y otra vez “patito feo”. Éramos el foco de descarga de mierda, de sus mambos psicológicos sólo por ser mujeres. Teníamos que ser algo, que era imposible alcanzar o ser.
Y con todo esto no quiero meter en ninguna bolsa a un género gigantezco y super complejo. Quiero invitar a que reflexionen y puedan escribir sus propias experiencias, que puedan revisarse, pedir perdón. Como a mí me lo permitieron otras compañeras.
Habían muchos amigos, muy buenas personas, muy buenos momentos, mucho amor también.
Lo tremendo de estas situaciones es que hacemos de cuenta que no pasa nada, y de golpe tenes 25 años y tenés de miedo caminar sola por la calle, de que te violen, de que te acosen.
Hay una sensación que para mí es gráfica. Como mujer estar sola en un ascensor con un tipo que no conocés (o que sí y te genera desconfianza) ya me incomoda, y eso es algo que muy difícil pueda comprender un hombre.
Es como que por momentos no entendés de dónde viene ese miedo irracional que te paraliza, que te hace descomponer, que te hace latir el corazón a mil por hora, que no te deja respirar.
Así viví mil situaciones más o menos graves de violencia machista durante la adolescencia.
La mochila era tan pesada que en un momento empecé a eliminar de las redes sociales a muchísimas personas que tenían o no que ver con todo esto. No quería que me recuerden más toda esa carga. Necesitaba mandarla a otro plano, olvidar, anestesiar esa angustia y dormir esos recuerdos. Pero por más de que unx intente esconderla, esa mochila está ahí mirándote. Cargándote de veneno, que hoy necesito exteriorizar para que deje de ser mío y sea parte de este colectivo que no quiere que todo siga igual.
Un día empecé a laburar en el Estado. En un mundo donde jamás pensé que toda esa violencia podría reaparecer tan disfrazada, tan distinta pero estructuralmente idéntica.
Tuve un jefe supuestamente progre, supuestamente militante, supuestamente a favor de los DDHH.
En principio era a otras mujeres el maltrato pero en mi presencia, y fue mutando.
Un día me ordenó que le lavé la taza. Otro día me pedía tareas a la hora que me tenía que ir (a cursar a la facultad porque estudié trabajando 8 horas y viviendo a 2 horas de distancia de mi trabajo).
Otra vez empezó a sacarle tareas a una compañera que estaba pasando por un momento muy triste a nivel personal, y venía ausentándose un poco; y me las daba a mí, intentando generar rivalidades.
Las órdenes en imperativo se ponían cada vez peor.
Un día le pedí que me hablara bien y me encerró en una oficina sola con él. Me dijo que era una “insolente”, “desconsiderada”, “maleducada”. La manipulación machista no tiene límites.
Me quejé por segunda vez con las autoridades de mi trabajo y me dijeron “que no faltara el respeto”.
Al final directamente me revoleaba carpetas sobre el escritorio. Me daba tareas que yo no quería hacer. Me manipulaba con el trabajo. Y así muchísimas agresiones más, que me llevaron a odiar y sufrir el trabajo que amaba. Decidí renunciar y recién ahí decidieron desplazarlo.
Con ese hecho rumores, prejuicios, comentarios muy desacertados, que te llevan inconscientemente a veces a dudar de tus propias convicciones, de si habré exagerado realmente.
Más de grande me hice un amigo muy amigo. Mío y de mi compañero. La pasábamos muy bien juntxs, lo queríamos como a un hermano.
Este personaje llegó a hacer gemidos mientras se masturbaba, sabiendo que yo estaba en el cuarto contiguo. El disfrute de la incomodidad y la liberación de sus deseos sexuales, no registra las emociones o deseos de una mujer. Por más ideología y valores políticos que se embanderen, la sensibilidad y la consideración, son excepciones.
Se lo dije y se borró. Supongo que de vergüenza, de no poder explicar.
Viajando tuve mis situaciones también. Se me abalanzaron en la calle para tocarme más de una vez. Me quisieron imponer deseos. Deseos de otrxs.
Tuve que tocar un fondo muy profundo para poder encontrarme y realmente poder comprender cuál era mi propio deseo. Cómo conectar con él.
En la vida en general, siempre estuvo habilitado el comentario. Que opinen de cómo iba vestida a trabajar, a la esquina, a una fiesta. Que insinúen que si me pasaba algo, era un poco mi culpa por ser tan provocadora.
Mi instinto fue formateado por una estructura social tan rígida, que me llevó a incorporar que a veces los deseos de lxs demás son los míos. Y no es así…
Hay muchísimas otras situaciones del ámbito más cercano que por suerte pude expresar y enfrentar cara a cara. Eso que aprendí a entender un poco en la universidad, pero que pude encontrarle la vuelta a nivel emocional y personal viajando y abriendo mi cabeza.
Hay un gran gran peso de todo esto, que se debe a “la sociedad”. A ese monstruo que nos rodea en redes de amigxs, de compañerxs de estudios, de escuela, de trabajo, de familiares que están alrededor. Que sin darse cuenta justifican, reprimen, bloquean. Que opinan de una forma que siempre nos lleva a vernos como equivocadas a las mujeres.
Ni hablar, de que venimos de un útero con memoria: todes, sea cual sea tu sexo. Cada unx con más o menos sensibilidad, sentimos en nuestro cuerpo un poco del sufrimiento de nuestras madres principalmente, y también de nuestras abuelas. Su dolor nos llega. En sus épocas estas situaciones eran hasta más graves, más violentas, más profundas. Y sus vivencias, más solitarias, más silenciosas, más reprimidas.
La acumulación de tanto abuso nos invita como generación a plantearnos con más solidez y a demandar inmediatamente más respeto.
Hay una tradición que continuar de mujeres rebeldes, mujeres que no se callaron, que no miraron para otro lado.
Esto tiene que parar. A mí me asusta traer hijxs a un mundo así, el dolor y el miedo de cada una de las mujeres que lo habitan. A mí me asusta vivir así, me cansa, me agota. Quiero ser libre y que todxs lo sean. Pero principalmente, quiero que las mujeres dejemos de ser el foco de los prejuicios, de las descargas; el blanco de sus complejos de inferioridad, de sus (in)sensibilidades, de sus (in)seguridades.
Porque “por suerte” no me violaron, no me golpearon, no me mataron; y no quiero decir más “por suerte”.
Esta micro violencia cotiadana “chiquitita” (por llamarla de algún modo) tiene una llegada estructural mucho mayor de muerte, violación, acoso sexual y psicológico, golpes, traumas.
Y lo peor de todo esto, es que las desigualdades de clase también se reflejan en estos asuntos: empeoran los niveles de injusticia, de abuso, de impunidad, de ausencia del Estado, de silencio.
La indiferencia muchas veces es no poder lidiar con lo propio. Con no poder revisar esos asuntos que están ahí trabados, bloqueados, en el fondo del placard.
Pero muchas otras veces, el silencio y la indiferencia son la complicidad y el goce que hay detrás de la dominación de género. Ni hablemos de los que se burlan, ríen y hacen chistes con el dolor de tanta gente.
No nos callemos más compañeras. Esto tiene que parar o parar.
El futuro es nuestro.